El otro día me subí en un Porsche Panamera, que es como una especie de bólido extraordinario, hasta tiene un alerón que se sube solo. Se lo habían dejado al jefe de mi agencia porque tenía el suyo en revisión. Él siempre tiene unos cochazos impresionantes. Le chiflan. A mí, sin embargo, no me gustan tanto, incluso me da un poco de corte subirme con él. Cuando se lo digo se ríe, me contesta “¡Qué va!”, y se queda tan ancho. Subido en su bólido, es lo más parecido que se puedan imaginar a un niño con zapatos nuevos. Hacía una mañana radiante. Nos fuimos a comer por ahí, no tan lejos como él hubiera querido.

Después, por la tarde, tuve una visita que me resultó bien divertida. Era una mujer joven y guapa, ilusionada, con sus dos hijos pequeños en el regazo, y otro en la tripa de camino. Vivían de alquiler en el mismo edificio, justo encima, cuatro plantas más arriba, en un piso idéntico. Los niños, que ya conocían perfectamente el camino del ascensor, iban delante mío dando saltitos, deslizando alegremente una pierna y después la otra, flotando en ese maravilloso baile etéreo tan característico de la infancia. El caso es que se les veía algo inquietos, como muy agitados. “Planta ocho, anda dale”, le dijo la madre al primogénito en el ascensor con una sonrisa de oreja a oreja. “Es su número favorito”, me aclaró. El niño se hinchó de contento, se puso de puntillas, al doce no llegaba pero al ocho sí, y le dio al botón. Salimos al rellano y mientras yo abría –tardé un rato, el lío habitual de llaves todas iguales para distintas cerraduras– seguían revoloteando. Irrumpieron en la casa los dos a todo correr y empezaron a dar vueltas como locos. Se fueron hacia la zona de los dormitorios, salieron, volvieron a entrar, miraban y remiraban por todos lados, el salón, la cocina, hasta que ya por fin se pararon, y le preguntaron a su madre, desencajados:
“¿Mamá, dónde están los juguetes? ¿Y las literas, dónde están las literas?”. No podían concebir cómo era posible que les hubieran quitado su sitio, sus cosas. A mí me miraban como diciendo pero este grandullón de dónde ha salido, no le había visto en mi vida,
nos vacía la casa y está aquí tan campante, y mi madre como si nada. Estaban completamente indignados. Tuvimos que salir de allí a toda prisa, los chavalines se precipitaron de nuevo hacia el ascensor, como huyendo de la peor de las pesadillas.
De camino a otra visita, iba yo trasladando mi chatarra por la M30 –mi Volkswagen de hace diez años me pareció una cafetera después del paseo en el Panamera–, y sonó en la radio una canción muy especial para mí, Qualsevol nit pot sortir el sol, del cantautor catalán Jaume Sisa. A mi padre le encantaba, hace años la tradujo y me la mandó por email. Viene al caso porque quería contarles algo que me pasó y que me da mucha rabia. Es una de esas cosas de las que me arrepiento a veces. Cuando se murió mi padre quise poner esa canción en el crematorio, pero no me dio tiempo, la tenía en el maldito Ipod y me lié. Me había preguntado el cura si queríamos poner alguna música especial, y yo quise haberla puesto pero no pude hacerlo, y cada vez que la oigo me acuerdo, y me da una rabia que me muero. Es sobre una fiesta cuyos invitados son personajes míticos de cómics y películas, que van llegando y llegando, desde Blancanieves a King Kong, desde Snoopy hasta el Capitán Trueno, de Jaimito a Doña Urraca, de la Mona Chita a Peter Pan… Y termina así: “Y faltas tú”. Como no la pude poner en aquel momento, pues por lo menos la pongo aquí. Es muy bonita.
La última parada de la jornada fue en el barrio en el que viví de pequeño, Moncloa. Últimamente he ido bastante por allí porque he tenido un local en venta justo unos pocos metros más abajo de mi antiguo portal. Esta vez tenía que esperar a que
unos clientes hicieran unas mediciones, y aunque todavía no era la hora de cenar, les dejé un rato solos –ya habíamos firmado las arras– y me fui a tomar una hamburguesa a Donoso, un lugar al que bajaba de niño muy a menudo con mi hermano para llevar la cena a casa. El menú era siempre una hamburguesa y un sandwich mixto para cada uno, con botellín de Mahou para los mayores y Trinaranjus de naranja para los niños. Las hamburguesas de Donoso son para mí como la magdalena de Proust, esa textura o fragancia que le transporta a uno a la infancia de forma instantánea. Sinceramente, no estoy seguro de que sean especialmente buenas, no sé si las han probado, pero sí que son únicas, y bastante baratas. Me atrevería a recomendárselas, aunque no sé si les gustarán. Lo que sí les puedo decir es que de milagro no me volví a recoger a mis clientes dando saltitos después de zamparme una completa –champi, bacon y queso– acompañada del botellín correspondiente, que para eso ya soy mayor.

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