Todas las mañanas, después de tomarnos lo que siempre hemos llamado un colacao pero en realidad era nesquik, mi hermano Mario y yo pasábamos por la panadería a recoger nuestros dos donuts de azúcar recién hechos envueltos en un papel marrón que inmediatamente se empapaba de una inconfundible grasa pegajosa. De camino hacia la parada del autobús que nos llevaba al colegio, disfrutábamos de lo lindo con esa delicia tierna y esponjosa. Pero a veces, el panadero, un tipo calvo con bigote, bajito y regordete, parecido al Superintendente de Mortadelo y Filemón, nos daba los donuts de ayer, duros como piedras. Nuestro gozo caía en un profundo pozo, transformado en un monumental cabreo.
Lamentablemente, hoy en día los donuts han perdido su frescura y todo su encanto. Se venden envasados dentro en un plástico hermético, con fecha de caducidad y, por supuesto, siempre de antes de ayer. Las normativas europeas, y supongo que también alguna de esas optimizaciones de costes de distribución, dieron al traste con ese manjar, como ha ocurrido con tantas otras delicias gastronómicas. Me vienen a la cabeza, así a bote pronto, la desaparición de la exquisita mermelada casera de melocotón que servían a cucharadas con la tostada en La Mallorquina de la Puerta del Sol, o la severa prohibición de abrir la maravillosa vitrina de Lhardy, taza de caldo en mano, para coger una croqueta con las manos. Fueron duros golpes, pero ninguno tan doloroso, al menos para mi, como el de los donuts encapsulados.
En la última panadería en la que los encontré sin envasar, en la Corredera Baja de San Pablo, Milagros, mujer de pelo blanco, menudita, pantalón planchado con raya y su jerseycito de pico, me avisó de que los que tenía en su pulcro escaparate con baldas de vidrio y herrajes de acero inoxidable, eran de ayer. Como es natural, ante semejante alarde de sinceridad, no perdi ocasión de volver por allí a menudo. Después de las terribles decepciones infligidas por el maligno Súper, se podrán imaginar que topar con una panadera honrada me permitió volver a depositar alegremente mi confianza en el género humano. Poco a poco fuimos intimando, nos contamos un poco nuestras vidas, y teniendo pendiente como tengo la asignatura de posicionamiento geográfico, que es como ya saben* una de las más importantes en el ejercicio de la profesión de un agente inmobiliario que se precie, acabé proponiéndole que me buscara clientes por el barrio.
No sé por qué, pero los asuntos con Milagros resultaron muy liosos. Me mandó, por ejemplo, a ver a una amiga suya que quería vender un local en Chamberí. Maruja era también una castiza de la vieja guardia. Tenía una tienda muy deslavazada de esas de ropa antigua, llena de maniquíes y de foulards colgados por las paredes. Su marido, que tenía una joyería en la acera de enfrente, Bretón de los Herreros arriba cerca de Santa Engracia, era el que supuestamente se encargaba de la venta, aunque cuando cruzamos la calle para ir a hablar con él, la parienta no le dejó articular palabra. Pude adivinar entre lo poco que le dejó balbucear que ya lo tenían con otra agencia, que habían tenido alguna oferta que habían rechazado, en fin, que no hubo manera de sacar mucho en claro. Al poco tiempo echaron a Milagros de la panadería. Era un local muy jugoso que tenía varios novios, aunque ahora lleva tiempo vacío. La echo de menos cuando paso por delante, no tanto por lo de los donuts auténticos, que también –aunque para desayunar prefiero ahora el pincho de tortilla de la Bodega de la Ardosa, es sencillamente sensacional, lo recomiendo– sino porque me resultaba reconfortante verla por allí apostada en la puerta de su local.
Como les decía, este tema del posicionamiento geográfico, de que le conozcan a uno en el barrio, todavía no lo domino. Tengo muchos y muy buenos clientes repartidos por toda la ciudad, lo cual es más que estupendo, pero me está costando mucho trabajo situarme en el negocio de proximidad. Con lo de la peluquería sigo, aunque mi peluquero me siga haciendo bastantes estropicios*, y he ido diversificándome. Me hice unos flyers, que así se llaman ahora los folletos de toda la vida, con mi foto a toda página, dando la cara, muy de campaña electoral americana -­‐‑todo esto de RE/MAX es muy americano-­‐‑, para que me reconocieran los vecinos. Conseguí colocarlos una temporada en la tintorería, aunque mi mejor escaparate es el corcho del estanco de Rafa, en la calle Arenal. También he dejado el folleto en los buzones de los portales de los alrededores, pero los resultados no son muy brillantes, más allá de alguna gente conocida que me comenta, bastante anonadada, la inesperada y súbita aparición.
Dicen que en este tema hay que ser muy constante, pero me cuesta eso de salir a la calle con mis folletos. La buena noticia es que mi oficina va a tener una nueva sede en el centro, y espero que eso facilite las cosas. Además se trata de un edificio singular, ese famoso de las grandes jardineras de la glorieta de San Bernardo, que en realidad es la de Ruiz Jiménez, obra de los arquitectos Fernando Higueras y Antonio Miró. Nunca me han resultado simpáticas esas viviendas, creo que porque no hacen ni caso de lo que les rodea, me parece que no están bien arraigadas, pero hay que reconocer que tienen calidad. Se nota que ha habido alguien que se ha tomado la molestia de plantearse un problema desde la raíz para llegar a un resultado distinto, con sus aciertos y con sus errores, pero a su manera. Si se fijan un poco, verán que no hay ventanas a la calle, están escondidas detrás de las profundas terrazas, protegidas del sol, del viento y del ruido de la calle. Y luego está el juego de las gigantescas jardineras de las que cuelga la hiedra para disimular las fachadas de hormigón a la vez que independizan las terrazas. En la planta baja, los portales también se esconden dentro de unas calles interiores, dejando más escaparate a los locales comerciales. Y así todo, distinto, nuevo, pensado … y las casas por dentro tienen una pinta estupenda.
Quizás esta nueva oficina sea un buen apoyo para mejorar mi deficiente posicionamiento geográfico, lo veremos, aunque ya solo que esté tan cerca será a buen seguro una mejora. Ya les contaré. Por otra parte, es un lugar especial para mí, porque el nuevo local está justo enfrente de uno de los últimos trabajos que hice como arquitecto, la reforma del bar La Tape, en la calle San Bernardo casi llegando a la Glorieta. Miro desde mi nueva perspectiva el final de una etapa y el punto de partida de otra, cuatro años hace ya.

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