Mi padre me decía de vez en cuando que yo tenía que ser notario. Él tenía el ejemplo del suyo, que lo fue de Navalcarnero, de Bilbao y de Madrid. “Te sacas la oposición y a vivir”, me decía, repitiendo la frase que había oído él en casa. Tampoco es que me lo dijera muy a menudo ni nada, solo de vez en cuando. Ni él ni yo seguimos los consejos paternos.
Mi abuelo tenía la notaría unos pisos más abajo de su casa. Debía ser yo muy pequeño cuando bajaba por la escalera para darle un recado de la abuela, que ya estaba la comida o algo por el estilo. Se ve que también intentaba ella inculcarme a mi el oficio haciéndome visitar la notaría como quién no quiere la cosa. Lo único que recuerdo realmente de aquellas excursiones es la bajada por aquella escalera de mármol blanco, el chirriar de una puerta de madera gigantesca, y la sensación de que había que moverse con mucho sigilo por aquel lugar.
Afortunadamente, desde que me he convertido en agente inmobiliario estoy frecuentando las notarías bastante más a menudo que cuando me mandaba mi abuela. Digo afortunadamente porque si no fuera así pues significaría que no habría llegado a vender ningún piso, que es de lo que se trata este negocio al fin y al cabo, aunque entiendo que, así a primera vista pueda parecer al lector un plan no especialmente apetecible. Pero también lo digo porque en este oficio el día de la notaría es un día especial, extraordinario y festivo, por razones obvias, y por otras que no lo son tanto.
Los notarios siempre me han parecido, así en general, personajes curiosos a los que me gusta observar, no solo por su singularidad tipológica, sino quizás también –se me ocurre ahora al escribir este texto– por el hecho de poder observar ejemplos de lo que mi padre quiso que fuera y no fui. No teman, no va esto de tumultos emocionales, no tengo remordimientos ni lamentaciones. Es sencillamente un juego, un ejercicio, un entretenimiento, del cual quiero hacerles partícipes.
Es el notario, como decía, un tipo de personaje singular. Pasó gran parte de su juventud encerrado, consiguió superar la criba, y vive instalado en una posición extraordinariamente cómoda y estable, necesaria para poder dar fe con rigor e independencia de los asuntos y negocios del resto de los humanos. Esta situación les da un aura de infalibilidad como divina. Al notario se le supone políticamente y socialmente correcto, educado y tranquilo, con don de gentes y saber estar.
Pero, como en todos los oficios, los hay buenos y malos. Están los que hacen lo mejor posible su trabajo, los que no tanto, y los que lo hacen mal. Mataré dos pájaros de un tiro si consigo, al ir contándoles anécdotas e historias de las notarías, además de darles pistas para elegir un buen notario, hacerles pasar un buen rato.
En esta primera entrega voy a repasar los que he conocido hasta ahora, así muy brevemente, sin ser exhaustivo. Del primero, Don Aureliano del Corral Meseguer (1), recuerdo tan solo que no paraba de hacerme la pelota, porque acaba de instalarse en Madrid y estaba intentando buscar clientes, y pensaba que yo podría llevárselos, supongo. Me quedé perplejo, la verdad, al encontrarme en una situación tan insospechada. El notario estaba más atento a su progresión que a los asuntos que nos ocupaban.
Del segundo, Notarios Eludis, que era un despacho de esos grandes en los que hay muchos notarios y se va pasando casi pidiendo la vez, diría que no es muy recomendable si se quiere hacer de ese día algo especial. Del tercero es del que mejor recuerdo guardo. Pelos un poco alborotados, corbata de colores chillones, un poco regordete sin llegar a serlo del todo, atractivo y muy simpático, don José Manuel Gómez de Buenaventura atendía a todas las preguntas no solo solícito sino con regocijo. Estuvimos hablando de una curiosísima carga de origen medieval que tenía la propiedad en cuestión, un pisito estupendo en la calle del Sombrerete, en el madrileñísimo barrio de Lavapiés, la carga real de aposento. Consistía en la obligación que tenían los propietarios de la vivienda de ceder la mitad de su superficie útil a los funcionarios del Rey cuando la pudieran necesitar, lo cual nos divirtió mucho a todos los presentes, por lo curioso de su existencia y por lo insólito de su persistencia. Allí seguía, y seguiría, nos dijo el notario, esa carga para toda la vida.
También guardo buen recuerdo de doña Úrsula Iguarán Alcocer, aplicada, bien organizada, la típica hormiguita que atendía, feliz de la vida, a sus clientes en la calle Goya, rodeada de un equipo estupendo. El oficial, Melquíades, un tipo serio al que se adivinaba un fino sentido del humor, resultó ser un rockero empedernido, de lo cual me enteré cuando me preguntó si era familia de Mario Armero, pero no de mi abuelo el notario, sino del que llevaba el mítico programa de radio Revólver en los 80.
El peor recuerdo que guardo es el de la notaría de Fernando del Carpio Aranguren, en la calle Costa Rica, que impuso el banco que concedía la hipoteca. Ya es casualidad que al haber un banco de por medio la cosa se enfangue. El apoderado de la entidad financiera era el clásico chupatintas, gris y un poco como enfadado, que además no tenía ni idea de lo que se iba a firmar, y que por lo tanto era incapaz de explicárselo a los pobres compradores, que pasaron un mal rato. El notario no hacía más que meter prisa de muy malas y malhumoradas maneras para quitarse el muerto de encima e irse a comer.
Hubo algún otro, pero no guardo de ellos imagen ni buena ni mala. De don Prudencio Aguilar Cortés que era correcto, sin más, lo cual ya es decir bastante. Este piso me había costado Dios y ayuda venderlo, cerca de treinta visitas a un interior que daba a un patio de manzana bastante duro, cuyos propietarios me obsequiaban siempre, por cierto, con un espléndido sentido del humor. Nos reímos muchísimo. El de Aracataca, no recuerdo su nombre pero me imagino que no debe haber más que uno, pasó sin pena ni gloria. La notaría de don Mauricio García Alfanjor, en la calle de Santa Engracia, prestaba un buen servicio, aunque pasó bastante desapercibido, pues iba con cuatro estupendas hermanas que iban a vender el piso que habían heredado, y la verdad que no pude fijarme mucho en él. En la notaría estaban de obras, y nos chocó que era un chico bastante joven, “muy joven para ser ya Notario de Madrid”, frase que me recordó a mi abuela, que siempre evocaba lo buena que era la plaza de Navalcarnero, donde después se construyeron miles y miles de casas, lo bien que habían estado en Bilbao, donde la gente era tan seria y tan de palabra, y lo contenta que estaba de haber llegado a edad bastante temprana a Madrid, que era, y supongo que sigue siendo, por lo que se comentó al salir de la notaría, ya en el ascensor, la plaza más codiciada.

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(1) Tuve que cambiar el texto original de este post, pues cité los nombres reales de os notarios, y no vean cómo se pusieron. ¡A las primeras de cambio estuve a punto de quedarme en la calle!

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