misecretariapuntoes

Nunca me he sentido cómodo con la palabra prospecto, me suena como a explotación petrolífera, pero así llaman “en el mundo del marketing a un consumidor que ha demostrado interés en tus productos o servicios, pero que aún no ha iniciado una transacción comercial”, según la IA de Google.

El 99,9% de ellos me llega a través de la plataforma que hoy en día monopoliza el tablón de anuncios inmobiliarios: Idealista. Los interesados contactan o bien a través del chat de la plataforma, una especie de mensajería instantánea de esas, o por teléfono. En general, es más sólido el interés de los que llaman —“si te quieres comprar un piso y no tienes 5 minutos para una llamada…”, me decía mi mentor inmobiliario—, pero nunca sabes por dónde puede saltar la liebre.

En mis anuncios no pongo mi número móvil, no solo porque no podría dejar de coger números desconocidos, sino también porque no se puede atender bien una llamada de trabajo, por ejemplo, en la cola de la pescadería, justo cuando te va a tocar. El fijo lo atiende mi secretaria. Me deja ella después un recado en mi bandeja de entrada, como por ejemplo este:

La Sra. Vázquez solicita que le devuelva la llamada. Desea ampliar la información del piso situado en la calle del Arzobispo Morcillo, además de aclarar algunas dudas.

Ya desde mi despacho, con la merluza a buen recaudo en la nevera, o quizás esa ventresca de bonito que sale del horno tan jugosa, le devuelvo la llamada a la señora Vázquez, bien preparado para ampliar cualquier tipo de información que se me solicite. Quiere saber si tiene luz. Lo de la luz —le contesto—, no sabría decirle, cuantificar la cantidad de luz es difícil, yo creo que para ser un primero tiene bastante:

—¿Y vistas?

El piso da a un patio de un colegio, por lo que no tiene edificios delante.

—Es que venden una séptima planta por el mismo precio.

El del séptimo está de origen, para reforma integral, con las ventanas antiguas y todo:

—Es que lo del patio de colegio, no sé si me convence, ¿hay mucho ruido?

Ya se imaginarán que la señora Vázquez no era mi media naranja.

Me había llegado también un mensaje de un tal Pedro a través del chat:

Estimados Sres.
Acabo de ver su anuncio de un piso junto a la Plaza Mayor. Estaría interesado en recibir información, visitarlo y valorar su compra. Agradecería que me llamaran cuando tuvieran disponibilidad.
Un saludo.

Le llamo, pero no contesta. Le respondo a través del chat (que odio porque con cada intercambio te llega un email y se te llena el buzón):

Buenos días, Pedro. Intenté hablar con usted, sin éxito. Quedo a su disposición para lo que necesite al respecto. Gracias. Saludos, y feliz año nuevo.

Inmediatamente suena el teléfono. Es él. Me cuenta: heredó un piso, lo acaba de vender y está buscando otro para invertir y luego vivir, de momento no le hace falta, este le podría encajar. Podría comprar en abril. Que si tiene ascensor.

El piso no tiene ascensor, lo pone en el anuncio.

—¿Y no se le puede poner?

Está complicado, le digo, estos edificios no se pueden casi ni tocar, el conjunto de la Plaza Mayor tiene la máxima protección urbanística, es un BIC, Bien de Interés Cultural, el proyecto de Villanueva.

—Bueno, pero el trazado original fue de otro Juan, este Gómez de Mora.

En efecto, como bien dice este prospecto ilustrado, fue ese otro Juan quien dio forma en el siglo XVIII al descampado en el que confluían la carretera de Madrid a Toledo y la que llevaba a Vallecas pasando por la ermita de la Virgen de Atocha. Se instalaba allí un mercado de abastos que acabó convirtiéndose en ese gran rectángulo, el salón de la casa de la ciudad. Tras el último gran incendio que sufrió la plaza en 1790, Villanueva se hizo cargo de su remodelación.

Pero bueno, no me puedo andar más por las ramas e intento reconducir la conversación: sí, en efecto —le contesto—, el caso es que lo del ascensor está complicado, el portal es prácticamente inexistente, y la escalera muy estrecha.

—Sí, parece que ya en aquella época se aprovechaba al máximo la línea de contacto del edificio con la calle para poner tiendas en los soportales. ¿Y en los patios no se puede poner?

Tampoco es que sean muy amplios. Y ya no puedo resistir la tentación, y hasta me pongo un poco cursi: Madrid, ya se sabe —le digo—, es una ciudad cortesana, de mucho aparentar, de nobles fachadas, pero luego se encuentra uno con unos patios de luces….

—Sí, claro, ya se ve en los informes del propio Villanueva, él se ocupaba de la fachada, pero luego dejaba que por dentro se buscara el máximo aprovechamiento.

Me encontraba posiblemente ante un prospecto no ya ilustrado, sino catedrático. De hecho, recordé, hay un Pedro, este apellidado Moleón, que es especialista en Villanueva, el que publicó la voluminosa monografía que tengo en mi librería. Como luego pude comprobar, Villanueva fue nombrado “Arquitecto Maestro mayor de la Villa de Madrid y de sus Fuentes y viajes de agua” por Carlos III, y tuvo tiempo para proyectar y dirigir las obras del Museo del Prado sin dejar de atender a sus obligaciones al frente del departamento de licencias.

A mí se me iba a ir la mañana con este prospecto: sí, es verdad, —proseguí— pero bueno, en este patio sí que cabría, la comunidad encargó un proyecto hace unos años a una empresa especializada, Thyssen o Boetticher o una de esas, y era técnicamente viable, pero al final no se pusieron de acuerdo los vecinos.

—¿Ah, ¿sí? ¿y cuánto se revalorizaría el piso si se pusiera?

Eso depende. A las primeras plantas casi no les afecta, a partir de la segunda yo diría que un 10%, los terceros un 15, y a partir de las cuartas por lo menos un 20, aunque tampoco es una regla matemática. Depende también del tamaño del piso, a los grandes les cunde mucho más. En el caso que nos ocupa, aunque sea un segundo, yo diría que mínimo un 20%, porque es muy buen piso, tiene quince balcones a la calle, aparte del mirador de hierro que da a la plaza de San Miguel.

—Ya, ¿y cuánto costaría poner ascensor?

No le puedo decir, ese proyecto es de hace mucho tiempo, no tengo los datos.

—¿Pero una estimación?

No le puedo decir, lo siento, pero tampoco son cifras muy elevadas si las comparamos con lo que cuesta el piso.

—Sí, claro, yo es que tengo una minusvalía, y no tengo prisa, de momento lo podría alquilar, pero me han dicho que si uno de los vecinos lo necesita, la comunidad está obligada a ponerlo.

En efecto, así es, pero bueno, no deja de ser un poco complicado, tienen que ponerse de acuerdo todos los vecinos.

Y llega entonces, por fin, el desenlace. Si ya estaba bastante claro que el piso no le interesa, esta pregunta es definitiva:

—¿Y tiene usted algún otro piso de estas características por la zona, pero con ascensor?

No tengo más pisos en la zona, mi agencia es muy pequeñita, estoy yo solo:

—Bueno, si le entrara alguno me podría usted avisar, por favor. Yo voy a poder comprar en abril.

Me quedé con las ganas de saber si era el catedrático, pero no le pregunté por si acaso.

En fin, una última cosa: supongo que se habrán quedado de piedra al saber que tengo una secretaria, pero les aclaro que no es solo mía: no saben lo contento que estoy con el servicio de una empresa austriaca que coge el teléfono en mi lugar: misecretaria.es. Estuve probando varias y esta es la mejor, un poco carilla, pero les aseguro que merece la pena:

Buenos días, Jacobo Armero, su agente inmobiliario, ¿en qué podemos ayudarle?

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